Cada vez que aumentan las tensiones en el estrecho de Ormuz, la atención se centra, como es natural, en los mercados energéticos, los despliegues navales y la libertad de navegación. Sin embargo, también hay una lección histórica que merece la pena tener en cuenta. Las vías navegables estratégicas no se limitan a controlar el acceso a un estrecho. En determinadas circunstancias, pueden determinar el destino de todo un mar.
El Mar Negro constituye un ejemplo llamativo.
Hoy en día, la atención internacional se centra en Ormuz porque constituye la puerta de entrada al Golfo Pérsico. Una parte importante de las exportaciones energéticas mundiales pasa por este estrecho corredor. La preocupación es clara: si se interrumpe el acceso a través del estrecho, las consecuencias se extienden mucho más allá de la región inmediata.
La historia demuestra que este tipo de preocupaciones no son nada nuevo.
Durante siglos, el control del Bósforo y los Dardanelos otorgó al Imperio Otomano una influencia extraordinaria sobre el acceso al mar Negro. Tras la conquista de Constantinopla, las autoridades otomanas establecieron gradualmente un sistema en virtud del cual las potencias extranjeras solo tenían un acceso limitado al comercio y la navegación en el Mar Negro. Aunque el Mar Negro nunca dejó de ser oficialmente una masa de agua internacional, funcionaba cada vez más como una esfera estratégica exclusiva controlada a través de los estrechos.
En la práctica, el mar Negro estuvo a un paso de convertirse en un espacio marítimo cerrado.
Como autor de *Völkerrechtliche Rechtslage des Kaspischen Meeres* (La situación jurídica internacional del mar Caspio), he dedicado años a analizar cómo interactúan la geografía, la política y el derecho internacional en regiones marítimas de importancia estratégica. Una lección recurrente es que el control sobre un estrecho paso suele ser más importante que el control sobre el propio mar. El poder de regular la entrada y la salida puede, en última instancia, determinar todo el carácter jurídico y político de una cuenca marítima.
El orden jurídico moderno se desarrolló, en parte, como respuesta a esta realidad. El derecho internacional favorece, en general, la libre navegación y trata de evitar que los estrechos estratégicos se conviertan en instrumentos de control exclusivo. Sin embargo, los recientes debates en torno a Ormuz demuestran que las tensiones subyacentes no han desaparecido.
El régimen actual del Mar Negro viene determinado, sobre todo, por la Convención de Montreux de 1936 relativa al régimen de los estrechos. Su solución es deliberadamente equilibrada. Por un lado, Turquía goza de una posición especial y exclusiva como Estado territorial que controla el Bósforo, el mar de Mármara y los Dardanelos. Recibe notificaciones previas sobre el paso de buques de guerra, aplica limitaciones detalladas al tránsito naval y puede ejercer una amplia discrecionalidad en tiempo de guerra o cuando se considere amenazada por un peligro inminente de guerra. Estas normas otorgan a Turquía un papel de guardián que ningún otro Estado ribereño del Mar Negro posee.
Por otra parte, ese mismo régimen preserva la apertura esencial de la ruta. Los buques mercantes siguen disfrutando de libertad de paso por los estrechos turcos en tiempos de paz, con sujeción a las normas de seguridad de la navegación y de gestión del tráfico. Las restricciones se dirigen principalmente a los buques de guerra, especialmente a los que pertenecen a Estados no ribereños del Mar Negro, que se enfrentan a límites en cuanto al arqueo, la duración de la estancia y la notificación previa. De este modo, el Convenio de Montreux no se limita a cerrar el mar Negro tras una «puerta» turca. Más bien, separa la navegación comercial de la proyección del poder naval: el comercio permanece abierto, mientras que el acceso militar se regula en aras de la estabilidad regional.
La comparación entre Ormuz y el Mar Negro es, por lo tanto, algo más que una simple curiosidad histórica. Ambas regiones ponen de relieve la importancia estratégica de las vías de acceso marítimas. Ambas nos recuerdan que el acceso puede ser tan importante como el territorio. Y ambas demuestran cómo el control de un solo estrecho puede influir en la seguridad y la prosperidad de toda una región.
La historia del Mar Negro nos ofrece una advertencia útil. Los mares no son entidades geográficas aisladas. Su apertura depende a menudo de los estrechos pasajes que los conectan con el resto del mundo.
Por eso, los acontecimientos que se producen en el estrecho de Ormuz son importantes no solo para el Golfo Pérsico, sino también para el orden internacional en general, que depende de la libertad de navegación y del acceso a las rutas comerciales mundiales.